Todos hemos escuchado alguna vez este afamado himno a la alegría, todos nos hemos visto envueltos en su desarrollo durante un comercial de algun automóvil diseñado para hacer feliz a toda la familia (incluyendo al perro Bobby que es más güero que la ya güerísima familia mexicana de la televisión). Nos ha atrapado en una versión Chill Out o de "pseudo canto gregoriano new wave age of total lightness". Ahora, te pregunto yo: ¿Realmente haz escuchado la 9° de Beethoven? ¿Te haz regalado una hora de tu tiempo para deleitarte con este regalo?
Hace pocos días me encontre arroceando una fiesta en medio del Defectuoso. Había en esta celebración personas de toda índole, todas ellas interesantes a su manera y cada una de estas personalidades agregaron algo a mi humilde acervo cultural. Después del obligatorio "palomazo" de éxitos de los 80's y 90's, de una mini session de Psycho Trance y de una discusión larga y acalorada con temas tan variados como cine, música, diseño gráfico y publicidad. Me encontre atrapado en la peor de las situaciones de un reventon socialité como el anteriormente descrito: en una conversación de existencialismo con un músico mucho más experimentado que yo en los menesteres del arte.
Este personaje, al cual pido disculpas por no recordar su nombre, habló poética y elcocuentemente acerca de la 9°. Enfatizó mi ignorancia de la música diciendo que en mi caso la Novena se perdía en oidos de brutos (le doy toda la razon) y sin embargo no dejaba de causar su efecto: hacerme feliz. Habló de los enormes testículos de Beethoven al atreverse a escribir un reto descomunal como este. Después de la humillación que recibí me di cuenta que esta era bien merecida.
En esta persona, en este músico de fiestas rebuscadas de gente en su mayoría de plástico, había algo que yo, hasta la fecha, ignoraba: Pasión por algo mas grande que uno mismo. El trato de explicar a los presentes en la mesa, mediante gesticulaciones y gemidos, gritos y bufidos, subidas y bajadas de tono; la 9° de Beethoven. Amenazo con hecharnos a perder el final de la obra. Insinuó que existía la posibilidad de perdernos el climax que constituye esta obra máxima de la humanidad... Pude ver el odio y desprecio en su mirada, vi en su tez el sonrojo que da el orgullo de conocer una verdad incomprensible al vulgo común.
Hoy estoy a tres minutos de escuchar la 9°, a pasos de invertir (esta fue la palabra que él uso) mi tiempo en el arte. ¿La verdad? Estoy aterrorizado. Se que me voy a perder lo importante de esta experiencia, por la simple y sencilla razon de que solo soy un bruto mas que no sabe distinguir el arroz del trigo y la mierda de las mariposas.
Hace pocos días me encontre arroceando una fiesta en medio del Defectuoso. Había en esta celebración personas de toda índole, todas ellas interesantes a su manera y cada una de estas personalidades agregaron algo a mi humilde acervo cultural. Después del obligatorio "palomazo" de éxitos de los 80's y 90's, de una mini session de Psycho Trance y de una discusión larga y acalorada con temas tan variados como cine, música, diseño gráfico y publicidad. Me encontre atrapado en la peor de las situaciones de un reventon socialité como el anteriormente descrito: en una conversación de existencialismo con un músico mucho más experimentado que yo en los menesteres del arte.
Este personaje, al cual pido disculpas por no recordar su nombre, habló poética y elcocuentemente acerca de la 9°. Enfatizó mi ignorancia de la música diciendo que en mi caso la Novena se perdía en oidos de brutos (le doy toda la razon) y sin embargo no dejaba de causar su efecto: hacerme feliz. Habló de los enormes testículos de Beethoven al atreverse a escribir un reto descomunal como este. Después de la humillación que recibí me di cuenta que esta era bien merecida.
En esta persona, en este músico de fiestas rebuscadas de gente en su mayoría de plástico, había algo que yo, hasta la fecha, ignoraba: Pasión por algo mas grande que uno mismo. El trato de explicar a los presentes en la mesa, mediante gesticulaciones y gemidos, gritos y bufidos, subidas y bajadas de tono; la 9° de Beethoven. Amenazo con hecharnos a perder el final de la obra. Insinuó que existía la posibilidad de perdernos el climax que constituye esta obra máxima de la humanidad... Pude ver el odio y desprecio en su mirada, vi en su tez el sonrojo que da el orgullo de conocer una verdad incomprensible al vulgo común.
Hoy estoy a tres minutos de escuchar la 9°, a pasos de invertir (esta fue la palabra que él uso) mi tiempo en el arte. ¿La verdad? Estoy aterrorizado. Se que me voy a perder lo importante de esta experiencia, por la simple y sencilla razon de que solo soy un bruto mas que no sabe distinguir el arroz del trigo y la mierda de las mariposas.